Su nombre es Ana Palacios, oriunda de Tabor, una vereda ubicada en el municipio de Tadó, Chocó. Los recuerdos que tiene de su infancia, aproximadamente desde los 2 años, están llenos de alegría. Sus cuatro hermanos, su mamá y su papá siempre fueron muy unidos y aunque los ingresos de la familia no eran muchos, lograban tener una vida austera y llena de felicidad.

Llegó agitada a nuestro punto de encuentro. Con el cabello algo despeinado, pero con una sonrisa de oreja a oreja, Ana me saludó. Estábamos sobre la Avenida Esperanza con Calle 50, en el parqueadero de un apartamento modelo que acababan de desmontar. Justo al fondo de este y a mano izquierda, se encuentra su actual vivienda.

“No entremos allá, es muy feo y me da pena contigo. Vamos a la cafetería de aquí a la vuelta. Espérame dejo la sombrilla en cuarto”. A los cinco minutos, ya estábamos en camino. Pedimos dos aromáticas, ella una mantecada y yo una arepa. Nuestra charla inició.

A los ocho años, su vida se troncó súbitamente. Eran las 10 de la mañana del 12 de octubre de 2001 y estaba toda la familia reunida en su casa. De repente, una camioneta frenó en la acera de en frente, de la cual se bajaron dos hombres. “¡Ricardo Palacios… Ricardo Palacios… Ricardo Palacios. Vinimos por usted!”, bramó un soldado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). Al cruzar la puerta, asesinaron al papá de Ana con siete tiros que impactaron en todo su cuerpo.

Ante el peligro al que se enfrentaban, su madre se lanzó al río San Juan con su hijo menor, mientras los demás se escondieron. Segundos después, los soldados partieron rápidamente en la camioneta, dejando a Ricardo tendido en el suelo. Desde ese día, los problemas incrementaron paulatinamente.

Por amenazas de las Farc, Ana y su familia tuvieron que desplazarse a Playa de Oro, otra vereda de Chocó, donde continuaron su vida en condiciones más precarias. Claudia, su madre, logró que sus cinco hijos entraran a un colegio público en el que Ana estudió hasta el 2006.

En vacaciones de junio de este mismo año, Carlos, uno de los hermanos mayores, se enfermó gravemente. Debido a que en aquella vereda no había servicio médico, Claudia y su hijo viajaron a Quibdó para recibir atención médica. Mientras volvían, Ana fue encomendada a su tío por ocho días, quien se supone iba a hospedarla y suplir los gastos necesarios.

“Se suponía que iba a cuidarme, pero ese señor lo que hizo fue abusar de mí; me violó”. Sumándose eso a la muerte de su padre, que aún no había superado, Ana estalló. Al día siguiente, fue internada durante dos meses en la clínica por depresión. ¿Los motivos? Trauma por violación y un embarazo producto de este abuso.

El 22 de enero de 2007 nació María, su hija. Gracias a la ayuda psicológica del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y de su colegio, Ana logró sobrellevar su trauma por un tiempo. Esta ayuda también le sirvió para aguantar la idea de tener que vivir a dos casas de su violador, al cual nunca se le imputaron cargos, ya que el “problema” se solucionó al darle su apellido a la niña. A pesar de todo, intentaba aceptar a su hija, lo cual se le hacía muy difícil, ya que le recordaba aquel amargo momento que había sufrido un año atrás.

Cuando su hija tenía 3 años, Ana estaba a tan solo unos meses de terminar los grados obligatorios del colegio, pero otra tragedia la frenó. En 2010, un grupo armado de las Farc se tomó la vereda de Tabor, lugar en el que ella había nacido y que quedaba muy cerca de Playa de Oro.

“Yo fui un día por allá. Me gustaba coger frutas: guayaba, marañón y caimito. Uno tratando de seguir la vida… intentaba vivirla pidiéndole a Dios que no me fuera a volver a pasar nada malo. Pero se repite la historia”. Estaba sola y rodeada únicamente de árboles, cuando uno de los jefes guerrilleros llegó con seis hombres más y la violó el 13 de septiembre de ese año.

A los pocos días del suceso, Ana se subió a un segundo piso e intentó suicidarse. Afortunadamente, las personas que estaban en ese lugar lograron llevarla a la clínica más cercana y lograron salvarla. De igual forma, estuvo internada 3 meses más a causa de la depresión que tenía en ese momento.

Recién salió de la clínica, en su mente solo había una idea: morirse. Con 50 mil pesos en el bolsillo, tomó la primera flota para Medellín. Una vez allí, cogió un bus Bolivariano para Bogotá. Su meta era subir a un bus, bajar en cualquier lado y tirarse a un carro en el momento indicado. Cumplió los dos primeros pasos, pero antes del tercero, un señor la encontró desubicada, le dijo que le podía ayudar a conseguir trabajo y que podía salir adelante.

Ana consiguió estabilidad durante cuatro meses, hasta que comenzó a ver cambios en su cuerpo. Se sentía más gorda, tenía mareos y le dolían partes del cuerpo. “Negra, venga para acá y le hago una prueba de embarazo”, le dijo su jefa un día en el que Ana no podía pasar bocado. Efectivamente, como producto de su última violación, estaba embarazada.

Su jefa la envió a la clínica inmediatamente. Una vez allá, le dieron atención médica, ya que no estaba comiendo lo suficiente para una mujer que estaba embarazada. “Cuando estaba allá, solo gritaba y lloraba. Les decía que no quería tener a ese bebé, que me mataran, que por favor me mataran”. Por sus súplicas, el médico que la atendió le diagnosticó un cuadro de psiquiatría. La trasladaron inmediatamente a UPA La Estrella, ubicada en la Carrera 18F # 72- 63 sur, dirección perteneciente al Hospital de Vista Hermosa.

En esta clínica especializada en salud mental, psicología y psiquiatría, Ana pasó dos meses tortuosos. La amarraban con una camisa de fuerza, la obligaban a comer platos nauseabundos, la humillaban en varias ocasiones  y la inyectaban en las piernas cada vez que ellos consideraban necesario.

Milagrosamente, Ana simpatizó con dos de los operarios de La Estrella, quienes la ayudaron a escapar de aquel lugar. “Si usted no se va de aquí, la matan”, le decían los trabajadores antes de su fuga. Uno de ellos la hospedó durante una semana, dándole comida, ropa y techo. Finalmente, le dio 100 mil pesos para que se fuera a Chocó y tuviera su hija al lado de su madre. Y así fue.

El 15 de junio de 2011, ya de vuelta en Chocó, tuvo su segunda hija. Su madre comenzó a trabajar en la minería ilegal, ya que se estaba quedando sin sustento para mantener a su familia. Al ver esto, Ana decidió viajar nuevamente a Bogotá para trabajar y enviarles dinero a sus hijas, a quienes no quería ver ni por equivocación debido al trauma.

Una vez en Bogotá, volvió a trabajar con su jefa anterior, la cual le hacía vender tintos en la calle a los taxistas. Estuvo dos años con ella, hasta que se cansó del mal trato que le daba. Buscó trabajo como paletera y recargando extintores, a la vez que limpiaba las casas de las personas que ya conocía.

A comienzos de 2016, encontró trabajado en una fábrica. Allí, conoció a un poderoso hombre, dueño de una gran constructora. Él le propuso que se fuera a trabajar con él cuidando un inmueble, que en un futuro, iba a ser un edificio. Ella aceptó, ya que no tenía que pagar arriendo y el lugar era suficientemente grande para sus tres hermanos que habían llegado en ese entonces a Bogotá.

Ana, una mujer alta, con cuerpo impactante y de raza negra, vive allí ahora. En la Avenida Esperanza con Calle 50, justo al fondo y a mano izquierda, entrando por el parqueadero de un apartamento modelo que acababan de desmontar. En el día, vende arepas rellenas frente a la Universidad Santo Tomás; en la noche, cuida el local de su jefe.

Todas las noches toma unas pastillas para dormir bastante fuertes, llamadas Zoplicona, gracias a que no puede olvidar los momentos funestos de su vida. A pesar de ello, permanece con una sonrisa deslumbrante en su día a día.

“Esto no es fácil. La gente cree que firmando el acuerdo de paz esto se solucionó, pero no. Nadie sabe lo que pasa en los pueblos, en las veredas. Allá no hay ley, allá se hace lo que la gente y la guerrilla quiere. Si no, mire lo que me pasó a mí”.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Camila Garzón

Comunicadora social y periodista. Pienso que soy afortunada al estar en un momento histórico para Colombia, el cual necesita ser contado mediante mensajes que transmitan la realidad. A un paso de salir al mundo laboral, para retarme día a día en nuevos proyectos.

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